miércoles, 27 de enero de 2016

Al calor de dios, la revolución
sácame los ojos por favor,
dos vueltas a la manzana,
estar tirado en tu cama,
cómeme las entrañas,
en el nombre de la revolución,
destrípame, ángel,
hay un gato en la ventana,
un gran ramo de flores marchitándose en la ventana
entra por la ventana
¡Entra ya por la ventana!
viaja de vuelta por favor,
necesito que te rías como un conejo o como un farol de la calle en la noche,
que te rías tapándote los dientes con la mano,
que te tapes las orejas con el pelo,
que te recojas el pelo con una mano,
que te rías con esa sonrisa amarilla de viento de la tarde
Desnudémonos como niños, con todas las formas obtusas,
saltemos a la piscina drogados, pegados como camaleones gemelos,
juguemos con los pies en el agua, mirándonos las pieles,
tiremos las viejas pieles y las jóvenes pieles a secarse en la baranda
y caigamos desnudos sobre las sillas, recostados, que quiero cartografiarte entera y beber tus cataratas
lamer tus ácidos y tus alcalinos
quiero clavarte como a un ángel con una espada
revolverte las visceras,
y dormir dentro de ti


Nos quiero a los dos
en ropa interior
escuchando música
en tu habitación

viernes, 22 de enero de 2016

Inventario de huesos

A Clara la conocí en la facultad, estudiábamos lo mismo. Coqueteaba con ella, la sentaba en mis piernas, creía yo entonces, pero en realidad era ella quien me ponía a mí bajo su cuerpo en las sillas de los bares cuando salíamos todos. Cuando supe que la había conquistado no la quise besar, era aún un niño romántico y pensaba que existían momentos adecuados para besar a alguien. No. Clara era la chica más guapa de toda la facultad, pero se escondía, se tapaba las orejas con el pelo, pero tenía unas orejas hermosas, por eso no le gustaba mostrarlas. Ella me necesitaba para que pudiera verle las orejas cuando nadie más podía verlas. Pronto nos pusimos de novios. La primera vez que follamos estábamos en mi habitación, un rincón de adolescencia tardía con posters y dibujos en las paredes, y un espejo con flores secas. La desnudé con ansiedad. Era de verdad muy hermosa. Tuve tanto miedo antes de follar que no pude lograr que se me pusiera dura, nos reímos y bajamos a comer. En la cocina luego, semi vestidos, la miraba ardorosamente, yo estaba parado detrás de ella, su cuerpo me excitaba tanto. Comencé a acariciarla, se me puso dura de inmediato. Ahí mismo nos desvestimos y follamos contra el lavaplatos, luego contra la cocina, luego contra el refrigerador y luego contra el mueble de los platos, era increíble. Después de eso, no paramos nunca de follar, un tiempo después ya hacíamos el amor. Ella siempre tenía ganas de follar, yo también, gracias a esa sincronía nos entendíamos muy bien, dentro de la cama, claro. El resto de la relación era más bien mala, peleábamos siempre. Ella lloraba mucho y yo me enojaba y gritaba mucho. Tenía una hija pequeña, una niña adorable y caprichosa, realmente me encariñe con ella. La niña tenía un padre, que, claramente, siempre estaba intentando volver a acostarse con su madre, era un orangután musculoso, misógino, maltratador y manipulador. Justo lo que ella quería.
A Clara la quería mucho, a su hija también, tanto que no pensaba que era un estorbo y un aburrimiento pasar la tarde en una plaza viéndola jugar en vez de estar con su madre retozando como cerdos hambrientos en mi habitación. Con Clara nos besábamos en clases y todos nos detestaban por eso.
Yo me sentaba a leer en el pasto, me apoyaba en sus piernas, ella hacía cualquiera cosa. Siempre hacía como si no me entendiera, pero yo se que me entendía sin darse cuenta.
Cuando todo estaba muy mal con Clara fue cuando conocía a Lisa. Es decir, la conocía desde hace años, demasiado bien, pero entonces fue cuando volví a conocerla, demasiado bien nuevamente, Lisa era una víbora en todo el sentido de la palabra, su vida entera era bífida. Amaba al cerdo de su padre que la abandonó y odiaba a su madre que era una pobre lesbiana cuarentona y suicida, que hacía grandes esfuerzos por mantenerse viva por sus tres pobres hijos, Lisa, y los otros dos pequeños, yo la admiraba un poco, y ella me quería bastante. Lisa tenía un novio, pero se acostaba conmigo, le decía que lo amaba, a mí también, aunque sé que en realidad no amaba a nadie. Al menos a mí me decía que me amaba más que a él. Con eso me bastó por un tiempo, al menos se acostaba más conmigo que con él. Él se llevaba la parte difícil, las peleas y la convivencia, conmigo era solo conversaciones sobre películas y literatura, y sexo. El sexo con Lisa era distinto, era más difícil, su espalda era un gran estorbo, y su coño era pequeño y apretado. Amaba verle la nariz, tenía la nariz más hermosa que existiera. La follaba por atrás y ella volvía la cabeza para mirarme con su cara de excitación, eso hacía que me corriera en tiempo récord, Clara en cambio follaba con los ojos cerrados, me gustaba morderle el cuello y tirarle el pelo, a veces me pedía que le diera nalgadas, no me gustaba hacerlo, pero bueno. Con Lisa tocaba el fondo siempre, Clara era profunda como el mar. Tocar el fondo es exactamente como lo describe Baudelaire en el himno a la belleza, ser un moribundo que acaricia su fosa.
Clara y Lisa eran muy distintas, pero también eran muy iguales, las podía desnudar por capas. Con el tiempo se iban desintegrando de la misma manera en que se descalcifican los huesos, en la médula habitaba lo mismo, la neurosis.
Yo no soy el tipo más sano tampoco, está claro, pero como dice Joyce, al menos puedo ser Kinch, y llevar la más hermosa de las máscaras. No tenemos porque hablar de mi justo ahora, o si.
Durante un tiempo, todo esto me importó mucho, tanto que le escribí un libro a Lisa para decirle cuanto la odiaba, pero fui generoso, la llamaba Magnolia, usaba metáforas hermosas sobre pinturas de Goya y Caspar David Friedrich, intentaba escribirle como Cortázar, intentaba profundizar en viboras inconscientes y psicosis. A Clara solo le escribí poemas de amor y melancolía que hablaban sobre búhos celestes, constelaciones y abrazos maternos ausentes. Como dije antes, todo esto me importó mucho por un tiempo, luego me volqué a la lectura de otros autores, me volví un posmoderno, conocí el cyberpunk. Ahora solo es la confección de un inventario de huesos. Houellebeq tenía las llaves de la morgue, me volví un especialista de las autopsias.