miércoles, 25 de junio de 2014

luego de tanta metafísica y prosopopéyica, metapoética y fenomenológica, sin embargo, aún lo que más me descoloca, es el recuerdo de tu ojo en el mío, el peso de tu mano sobre la mía.

Magnolia V

En el jardín del frente hay rosas naranjas, que ganas de robar una.
El patio de mi casa era de tierra, tenía un perro flaco y negro que no logro recordar muy bien, el techo era de planchas amarillas semitransparentes y unos cordeles para tender la ropa cruzaban el patio de un extremo al otro, un día puse una silla y me subí para colgarme de uno de los cordeles, cuando lo hice, obviamente el cordel no resistió y se cortó, me caí al suelo, botando la silla, me hice una herida en la rodilla. Saqué el cordel entero para intentar que pasara desapercibido y me hice el tonto con la herida, no lloré. De todas formas me descubrieron.
Recuerdo vagamente haber visto al papa Juan Pablo II cuando visitó nuestro país, tengo una idea de las personas que me acompañaban, y de las cosas que pasaron. Luego supe que extrañamente eso había ocurrido varios años antes de que yo naciera. El santo padre se reunió con el dictador. Y después es uno el loco y el mundo el cuerdo.
Me pediste que te recomendara un libro o un autor, que querías leer algo nuevo, persona que no recuerdo quien eres, y me acuerdo que te dije casi maquinalmente, “Cortázar, Rayuela” y un segundo después te dije “¡No! olvida eso, no leas Rayuela, mejor lee Dostoievski, Los Hermanos Karamazov o Crimen y Castigo, o quizás algo de Tolstoi, La Guerra y La Paz, o Ana Karenina, te los puedo prestar yo si quieres, pero no leas Rayuela, por favor no, al menos no lo hagas por recomendación mía. No quiero ser el culpable de que hayas leído la Rayuela y de todo lo que pueda pasar después”. Persona que no recuerdo quien eres, espero sinceramente que no lo hayas leído.
Cuando me miras a los ojos intentando robarme la vida de los míos, me miras con hambre y saciedad, suplicándome con la vista que te explique lo que sientes. Miras a mis ojos que se miran en los tuyos, con una mirada ardiente que trata derretirme para fundirme en ti, extrañas la unidad primitiva ¿Y de verdad crees que yo puedo saciar lo que tiene hambrienta a tu alma?
El Santuario de Santa Teresa de Los Andes aún está inconcluso. Me gustaba ir porque mi papá compraba volantines y dulces de merengue, además había pasto y se podía jugar a la pelota. Era divertido el cínico aire de solemnidad que adoptaban las personas al entrar al templo; divertido porque se sabía que eran personas sin principios, y que sólo iban para allá por egoísmo, porque en su mitología ridícula,  ir a rezarle una vez al año les iba a ayudar a obtener las cosas que querían. Normalmente dinero, o más dinero, y cosas materiales como autos, casas, etc.
Recuerdo que algún compañero de colegio, no sé quien, tiró la pelota con la mano. Todos saltamos en un enredo enorme de cotonas café, bototos negros y preadolescentes transpirados. Empinándome con esfuerzo, mi cabeza prevaleció por sobre las de los demás conectando con la trayectoria del balón, pero en ese mismo momento, inexplicablemente y contra todas las leyes de la lógica, de alguna manera una pierna con su respectivo pie y bototo se elevó de tal manera que me pateó entre el cuello y la nuca. La vertiginosidad de la situación me hizo cerrar los ojos. Luego caí al suelo quejándome profusamente, y al abrir los ojos, la primera persona que vi en frente mío fue asumida por mi cerebro inmediatamente como culpable. Un niño más bien gordo y con cara de ratón, se llamaba Daniel. Era mucho más bajo que yo, y claramente no tenías las aptitudes morfológicas ni gimnásticas para la pirueta necesaria  para patearme el cuello en un salto. Fue un mecanismo de consuelo para mi autoestima. Siempre supe que a pesar de que irracionalmente vinculaba su rolliza humanidad con mi infortunio, no había sido él. Quién fue, nunca lo sabré. El culpable guardará el secreto hasta la tumba.
         Cuando te fuiste, Magnolia, dejé de escribir, estaba convencido de que no podía seguir sin ti, y qué pocos días me tomó olvidarme de esa convicción, volver a escribir inconscientemente, escribir por instinto. Pensé que sería muy dura la espera, y cuando me di cuenta, ya ni me acordaba que seguía esperándote.
         - El hoy es ahora, no esperes al mañana que puede no llegar a ser hoy, menos si estás hablando con un suicida, te puedes sorprender Magnolia-.
- ¿Me estás amenazando? Si me regalas dieciséis primeros besos, diecisiete últimas oportunidades. No te olvides de mi paciencia  también Tristán, que te puedes sorprender.  Tengo gran confianza en el futuro porque te conozco, se que estás encerrado en el laberinto rectilíneo, estás esperando a que el laberinto te deje salir, eres demasiado humano para arrancar volando.
Yo sé que con esa mirada buscas desarmarme.
¿Te has puesto a pensar en la manera en que nos encontramos los humanos sobre la tierra? es decir, he estado viendo algunos trabajos de Marina Abramovic y Ulay, que ni siquiera se refieren a esto, pero me han hecho reflexionar, hay una fotografía en que salen los dos, uno frente al otro, en actitud como de estar gritándose mutuamente. Sácales la ropa, sácales el fondo y ponlos en un bosque o en un campo, y piénsalo de nuevo, desvístelos de su cultura, quítales su civilización, y velos como animales netos, sólo como un atado de carne nervios y huesos. Qué horrible. Compartimos este lugar común que es el planeta en una lógica de violencia y enfrentamiento, debe ser una contradicción biológica, existir para andar por ahí recorriendo el mundo chocando unos con otros. Inventamos el lenguaje, me acuerdo alguna vez haber aprendido sobre la lógica formal, es sorprendente, admirable sin duda, el desarrollo de un lenguaje infalible, claramente le debemos mucho a ello. Pero a pesar de todo eso, se nos hace abismalmente difícil poder comunicarnos, no emitir y recibir sonidos, sino que comunicarse de verdad, participar de la realidad del otro, y hacer partícipe al otro de la nuestra, comprender lo que el otro quiere transmitir, ponerse en su lugar, entenderlo de una manera tal que nos sintamos ser el mismo emisor de lo que estamos oyendo, leyendo, sentir como él siente gracias a lo que el otro nos está comunicando. Podemos estar tan cerca del otro y a la vez estar tan lejos ¡Tan lejos! A veces cuando voy por la calle o cuando estoy entre medio de otras personas me da la impresión de estar viendo sólo a ciegos y sordos gritándose absurdos monólogos unos a otros, incluso a veces estando frente a frente. Y lo siento aún más cuando me sucede a mí, que por más que hablo con alguien, sé que no me está escuchando, o cuando alguien me está hablando a mí, a pesar de que le presto atención, simplemente no puedo compartir lo que me está ofreciendo, y me pregunto, cómo podemos ser tan miserables. Pero contigo, Magnolia, algunas veces sentí cruzar ese abismo, fue aterrador. Fue una sensación de desnudez el tenderte la cuerda para que cruzaras hacia acá también, y luego cuando te devolviste por ese puente Magnolia, no lo quiero recordar.
A veces me demoro a propósito cuando paso por afuera de tu casa, esperando que me gane la debilidad
Recuerdo un momento terrible en que estaba en mi pieza, y de pronto, sin ningún motivo especial, empecé a sentir como si la ropa me apretara, me inquieté súbitamente, el calor me sofocaba, un calor que no era real, pero que se sentía ciertamente muy espeso y pegado a la piel, y las paredes se inclinaban sobre mí, amenazantes, y el techo pendía como de un hilo, ansioso por aplastarme. Comencé a sentir de repente un vacío que quemaba como el hierro caliente, la piel tirante, y no podía dejar de frotarme las manos y de empuñarlas y apretarlas desesperado. Luego comencé a restregarme la cara frenéticamente, a pasarme las manos por el pelo y después a tirármelo, a intentar con fuerza abrir un poco el cuello de la camisa que me tenía encerrado. Y me rendí ante un bombardeo de recuerdos de frustraciones que no pude ignorar, no pude sacarlo de mi mente, estaba teniendo el ataque de ansiedad y soledad más fulminante que nunca hube experimentado antes. Me abalancé sobre la última cajetilla de cigarros y estaba vacía, quería borrarme por completo. Luego busqué por todas partes algunas monedas para comprar más cigarros, no encontré nada, o más bien solo algunas monedas de diez pesos que no alcanzaban para nada. Volví a sentarme desesperado, tenía unas ganas de morir como pocas veces tuve, y me asusté mucho pensando que estaba enloqueciendo, que se me estaba desatando la amenaza de esquizofrenia congénita que siempre estaba presente, pero ahora más real que nunca, como una baliza a poca distancia que anunciaba el colapso, y al mismo tiempo la desesperación se materializaba en un deseo de hundirme en una muralla de humo de cigarro que me noqueara, que me despedazara, que me regalara un momento de inconsciencia, de tranquilidad absoluta. Todo esto iba aumentando exponencialmente, y por más que intentaba pensar qué era lo que me estaba pasando, no podía encontrar ningún motivo. Puse música, Blue in green, Miles Davis, siempre me tranquilizaba, pero ahora tampoco estaba resultando. ¡Qué poco me conocía! No sabía qué me estaba pasando ¿porqué?, ¿será porque hoy te vi, Magnolia, o será por otra cosa? Qué era lo que estaba desatando esta desesperación, no lo pude saber. Habían tantos otros motivos para estar preocupado, tantos problemas del mundo y problemas del alma, y ningún refugio contra ellos que no fuera el cigarro, y sin embargo sabía que eso me estaba matando también, tú misma me lo dijiste un día Magnolia, que escuchabas el cansancio de mi pecho, como me rogaba por un descanso. Y mi abuela estaba muriendo de cáncer de pulmón, y sin embargo no podía encontrar ninguna escapatoria que no fuera llenarme de ese desagradable humo. Y busqué ayuda en una amiga, ella podría decirme algo que me tranquilizara, pero no, sus propios problemas eran tan grandes que no me atreví a cargarle los míos, es más, después de hablar con ella quedé más acongojado de lo que estaba, y no había nadie para darme un abrazo que me protegiera de esta inmensa soledad, en una maldita ciudad de más de cinco millones de habitantes, y nadie que me pudiera contener. Pasé por tu casa y no estabas o no me escuchaste, o no me quisiste escuchar, y tuve que seguir corriendo para ver si con la velocidad dejaba atrás estos fantasmas. En una esquina me vi atrapado por el viraje amplio de una micro que pasó casi rozándome, y tuve un impulso anónimo de arrojarme a su encuentro, hubiera sido lo mejor, pero sólo iba a servir para echarle a perder el día a más personas. La gente que venía en la micro, cansada del trabajo, y el chofér que probablemente iba a intentar evitar atropellarme, y si no lo lograba iba a tener que pasar muchas horas en fastidiosos trámites, y la gente en sus autos que se iban a quedar atrapadas en la congestión, la llegada de Carabineros, la ambulancia, los gastos médicos, la recuperación, el dolor, las secuelas… Y yo sólo quería que me dieras media hora de tu tiempo para tranquilizarme, o que alguien me disparara simplemente, o por último cruzarme en el trayecto de una bala anónima, innominada y perdida, para no tener que recurrir de nuevo al humo inmundo del cigarro que ya odiaba como odia el adicto a la heroína, y  que me estaba matando también pero de una forma ciertamente mucho más lenta, insoportáblemente lenta, y mucho menos poética a lo que sería beber la cicuta o cortarme las venas en una tina con agua tibia, o ahorcarme desde la rama más gruesa del árbol de tu jardín, o lo que fuera con tal de no tener que volver a esta prisión desesperante que es mi habitación, a seguir escribiendo este libro insoportable.


Magnolia IV

         Sofía, yo te llamé Gardenia desde el primer momento que te vi, aún antes de haber conocido a Magnolia, y aún después de haberme sanado de ella. Sofía, tenías unos ojos de misericordia que no podías evitar, parecías mirar con piedad a todo el que se te acercara, aunque no fuera así. No tenías maravillas, Sofia, nunca fuiste más que un barco perdido, naufragando en un puerto, nunca llegaste más lejos que el vuelo del pájaro enjaulado, no bailaste con el silencio del cielo astronómico.
         Un día me diste la espalda Sofía, clavándome con un Do profundo en la pared del vacío donde tú vivías todos los días, me atropellaste de la misma manera con que un alacrán acaricia a las larvas. Estará demás decir que nunca aprendiste el lenguaje de las panteras ni la mímica de los camaleones. Siempre fuiste pésima pescando estrellas dormidas. Pero a pesar de todo eso, debo decir, Sofía, que nunca hubo una persona que saltara sobre los rejas de las bibliotecas y construyera puentes de rescate mejor que tú, jamás vi una mariposa que se comparara a tu vuelo entre las páginas, dibujando con su estela pedazos de poetas, caballos de Dalí, grandes fiestas de Baco, fabulosas luchas contra titanes en el centro del universo, en la prisión cósmica, ganando al tiempo y al espacio como trofeos invaluables, patrimonios de los ojos y del alma. Sólo tú alguna vez me amalabaste el noema, Sofia, recuérdalo, esos salvajes ambonios que se espejunaban, se apeltronaban y se reduplimiaban sobre tus hurgalios, junto a mi troc, hasta que balparmándome los murelios bebíamos de la misma copa gritando con júbilo ¡Evohé!¡Evohé!
         Te miraba, Sofía, desde la ventana de tu pieza, como cerrabas la reja y volvías a entrar, yo te estaba esperando, sentado en tu cama. Me puse la camiseta porque de pronto sentí un poco de vergüenza. Siempre me sentía repentinamente ajeno cuando estaba desnudo en tu cama después de haber hecho el amor, te gustaba abandonarme siempre, siempre tenías un motivo distinto para levantarte y hacer algo en vez de quedarte conmigo. Siempre tuviste un motivo para no estar conmigo. Te ibas saltando por un camino de piedras que no sonaba, que no se veía. Cuando yo te invadía me abandonabas en un mundo en el que no se dan las gracias, en el que las manillas del reloj se mueven cada una en distintos sentidos. Y tú forma de acompañar era el silencio sordo, que resuena en los oídos como un silencio negativo, no ausencia de sonoridad, sino presencia de desgano comunicativo , y tu forma de no estar era una ola que con su embestida siempre arrastraba arena hacia el mar, pero siempre seguía habiendo más.
         Y de pronto subías las escaleras con tus pisadas de lobo hambriento, y llegabas arriba y me mirabas con tus ojos de ocelote disimulando, disparándome sin hablar un odio que no comprendía. Ya sabía lo que querías; que me marchara, pero no te lo iba a dar tan fácil. No me soportabas un segundo más de lo que te duraba el orgasmo, como una lluvía que caía sobre todo Santiago, por veinte minutos, por veintidós minutos, por treinta y seis minutos, volver a empezar, por treinta y tres minutos más, o por veintinueve minutos más, y luego recogías tus manos desde todas partes, tus dientes, tus ojos desparramados por el suelo, debía separarte alquímicamente de la sábana enterrada, del ataúd colchón en el que morías, en el que me querías matar y te revivías, y yo te buscaba tu mirada con la mía y no la encontraba sino de casualidad pasando de esconderse entre la pared y el suelo, y entre el suelo y la ventana, y entre la ventana y la puerta. Y cuando la encontraba, tu mirada me silenciaba el pensamiento. Nunca te entendí. Nunca entendí a nadie. Que ganas de decírtelo, de gritarte ¡Toma tu antipatía y ándate al carajo! Pero era más que eso, era un bosque que habitaba afuera de tu habitación, un puente roto que brotaba desde ti en todas las direcciones. ¿Todavía piensas en ese charlatán que te lee Rimbaud sin pintar la alquimia del verbo con los colores de la basura de ayer?
De verdad, no he conocido a ninguna persona que no fuera una isla, ninguna persona que no fuera imposible de alcanzar en su profundo más centro. Que tarea la imposible. Que soledad la insondable. Y todos andan correteando por ahí ansiosos de felicidad, tan obligados a desear la felicidad, si la alcanzaran seguramente no la disfrutarían, el espacio del deseo, el saco roto. El anhelo de la felicidad te hace consciente de su ausencia. Desear es asumir su ausencia. Sigues siendo infeliz por andar buscando la felicidad, Sofía, y que culpa tengo yo.  
         Te robaría, Gardenia, a ti, o en verdad, a cualquier otra, o a Magnolia. Si el amor predefinido existe, entonces no eres especial, si no existe, entonces no lo eres tampoco, entonces puedes ser cualquiera y no ser tú, cualquier nombre que empiece con S o con F o con B, o con C, o entonces cualquier chica que he visto agachada en la calle recogiendo un gatito, o te he visto en cualquier fila de supermercado, o acostada en un sillón jugando con tus pies, o entonces te he visto desde una ventana muy alta, sentada en una plaza esperándome que termine de trabajar. Quizás te he dicho ¡hola! En un ascensor entre un piso 6 o un piso 15, y me bajo a continuación con el pecho lleno de palabras. O fuiste la aguja que me tatuó el brazo, o la mano que sostuvo la aguja, o el pelo casi crespo, los ojos casi hermosos que vi a través de los lentes, el dolor casi paciente que soporte mirándote. Tal vez fuiste la que imaginé cuando leía Stendhal y que atrapé luego en un libro empastado en imitación de cuero verde con letras doradas, la que se clavó como una aguja a martillazos en un dibujo de mi pared, inconsciente de estar dibujando milimétricamente tu retrato fallido, oculto en un dios hindú de cuatro brazos desproporcionados, que luego tuve que borrar y volver a dibujar por ser insoportablemente alegórico. La que intenté ignorar estoicamente cuando te vi en el metro y luego corriste a saludarme con tu cara de fantasía intacta como la primera vez, y me conversaste con tu agitación que tanto conozco, que no puedes ocultar, atropellando las palabras como sólo lo haces tú cuando estás nerviosa.
De verdad te robaría, te encerraría en un día nublado que amenaza con llover, porque sabes que esos días son los nuestros, y porque sabes que sé que también en estos días así piensas en mí. Y así nunca más podrías huir. Podría retenerte por más de dos semanas, que es lo que dura el ciclo de tu apego. Andando y desandando la misma historia, borrando todas las noches lo escrito para volver a escribirlo y volver a borrarlo para volverlo a escribir. Magnolia, sabes que si quiero te escribo un poema. ¿Qué diferencia tendría si la próxima vez te hiciera el amor en la luna? ¿Con que fe me duermo cuando despiertas del sueño de haber dormido que soñabas que tu fe me duerme despierto cuando crees que no creo, y creo que crees que sueño con tu sueño y no sabes que sé qué crees que quizás mañana, quizás otro día, y quizás te duermes en tu fe que piensa que sé y sabes que pienso que no crees en lo que sabes, que más bien no sabes en lo que crees, que esperas que crea lo que crees para creer que te crea, querer que te crea para creer que también quiero creer lo que crees, creer que en esta vida también, que en esta vida si, que en esta vida aunque, que en esta vida siempre.

         ¿Te puedo contar un secreto, Magnolia? Cada vez que paso por afuera de la casa donde vivías, miro tu ventana, esa ventana sin cortinas, y espero que se cruce al menos tu recuerdo, al menos tu fantasma, que para mi sigue viviendo ahí, entre esa pila de recuerdos que no se pudieron quemar, y te he santificado en mi memoria coronándote con la estrella que tú misma pescaste en la turbulencia de una noche sin cielo. Te erigiste, Magnolia, como un memorial, propio de tu naturaleza alegórica, para el recuerdo de todas las personas a quienes amando he dañado, razón y ser de todas las culpas, sentido de todas las búsquedas. Regrets! Regrets! Regrets! La arquitectura contradictoria del devenir que me he dado, que me ahoga cuando la pienso… Shanti! Shanti! Shanti!

Magnolia III

¿Cuál es la posibilidad de dos suicidios en una familia? ¿Cuál es la posibilidad de reencarnar en un hermano, en un sobrino? ¿Cuantas vueltas da la rueda antes de tomar conciencia de que está girando sobre sí misma, finalmente indesplazable, y sólo mirando cada cierto tiempo desde distintas ubicaciones hacia el mismo centro? ¿Cuántas reencarnaciones toma descubrir que lo que cambia no es lo visto sino el lugar desde el que miramos?¿Cómo no volver a cometer los mismo errores cuando en la rotación pases de nuevo por el punto donde ya has estado?¿En qué momento te rendiste, Tristán, a la inercia de la calamidad?
         Todo esto me pregunté en un momento cuando la serpiente me dejó solo para meditar sobre lo que vio a través de mis ojos, sobre lo que oyó a través de mis oídos y lo que sintió por medio de mi piel

         Me paré del suelo y caminé, la arena de la playa estaba caliente, casi insoportable, yo me acuerdo que estaba sólo, tú recién te habías ido, Sofía, enojada con esa forma de enojarte que tienes tú, que es como dejar todas las cosas en el suelo y dar media vuelta, un enojo cobarde. Comencé  a caminar hacia la escalera del borde de la playa, eran aproximadamente las cinco o seis de la tarde, por la posición del sol. Había poca gente en la playa, y los dos hombres que venían caminando en dirección hacia mí me parecieron muy extraños, se acercaron más de lo normal, y antes de que pudiera hacer algo, me sujetaron fuertemente para intentar robarme, luego de un forcejeo logré liberarme y me embargó una furia sin sentido, absurdamente descontrolada, comencé a golpear al que tenía en frente mientras el otro miraba atónito como le partía la cara a su cómplice, puñetazo tras puñetazo sin descanso, ignorando el dolor de las manos, los nudillos que comenzaban a romperse y la sangre que comenzaba a brotar de su nariz que prácticamente había explotado, de sus labios deshechos, de sus pómulos machacados. El que estaba a mi espalda huyó inmediatamente. Luego de un par de minutos así, el desconocido que tenía frente a mí cayó al suelo con un sonido sordo, sin pensarlo me abalancé de nuevo sobre él, con un ímpetu renovado seguí golpeándolo, sin saber porqué, sólo sabía que no podía parar, aunque me resistiera, una fuerza extraña se había apoderado de mi, seguí golpeándolo en la cara, sólo en la cara, y me enfurecía más que aún moviera los brazos y las piernas en pobres intentos de quitarme de encima de él. Los puñetazos le caían como meteoros sobre los ojos, sobre la boca, sobre los pómulos, y yo estaba enceguecido, de pronto sentí un sonido asqueroso como si rompiera una sandía, un crujido de huesos que empezaban a ceder, la superficie de su cara ya se sentía blanda, como estar golpeando un saco de harina, y la sangre había inundado todo, y aún así se seguía moviendo el maldito. Sabía que ya estaba malogrado, que nunca se iba a poder recuperar de esa paliza y eso me dio una sensación de asco y remordimiento, pero no fue suficiente para saciarme, saqué el cuchillo que por algún extraño motivo tenía en el bolsillo y comencé a rebanarle el cuello, fue más difícil y cansador de lo que hubiera podido imaginarme y seguí con un esfuerzo heroico hasta que por fin, extenuado, logré que su cabeza se separara por completo de su cuerpo, y el movimiento de brazos y piernas se detuvo. Me paré y lo miré, ya estaba quieto y la sangre seguía fluyendo, siendo absorbida por la arena. Yo estaba manchado de sangre por completo, era una sensación asquerosa, la sangre un poco pegajosa pegada a las manos, a los brazos, a la cara, sobre toda mi ropa, y el sol seguía pegando tan fuerte, no había ninguna sombra para cubrirse en toda la playa, el sol ya se encontraba un poco más bajo y  daba directo en los ojos, por lo que era difícil no encandilarse, y la ropa empapada de sangre y sudor se me pegaba tibia a la piel, lo que me hacía sentir aún más incómodo. Comencé a caminar sin dirección por la playa, la gente me miraba con horror pero me tenía sin cuidado, sólo quería quitarme de encima esa ropa asquerosa, debo haber caminado unos veinte minutos más hasta que caí rendido por el cansancio y me senté en la arena, apoyando los codos en las rodillas, y la cabeza en las manos, cerré los ojos y me quedé así mucho rato. De pronto comencé a oír un sonido detrás de mí como si algo se arrastrara por la arena, volteé la cabeza para mirar y me encontré con la serpiente negra que ya estaba junto a mí, con sus enormes fauces dislocadas por completo y me comenzó a devorar sin prisa nuevamente, estaba tan cansado que no pude oponer resistencia, sólo vi como la luz se iba apagando de a poco hasta que volví a caer dormido o inconsciente y no recuerdo más.

Magnolia II

Cerré los ojos con fuerza, apreté los dientes, tuve mucho miedo, nunca tuve tanto miedo como en ese momento, y con una chispa de resolución que brotó de no sé qué parte, apreté el gatillo. En un segundo que duró una eternidad, hubo un bramido como un trueno, un destello fulminante, y luego un dolor tan intenso y real que parece que lo estás masticando en tu boca, que te hace olvidar por un momento todo lo demás. Sé que morí con los ojos abiertos porque la sorpresa del impacto me hizo abrirlos, como si no supiera lo que estaba pasando. Pero inmediatamente se fue todo, desapareció el dolor terrible y se hizo un silencio tan grande que se sentía como un silbido, que en verdad es el hambre del sonido.
         Con una sensación indescriptible, que lo más cercano para llamarla sería un mareo, sentí como me despegaba de mi cuerpo, como si por parte te desconectaras de tus sentidos, de tu intuición, de tu ser, de tu estar. Luego que pasó eso ya no vi ni oí más. Yo me esperaba una luz al final de un túnel, un flashback de mi vida, una sensación de volar, pero nada de ello ocurrió. Sentí que de alguna manera algo me succionaba hacia mi interior como un boquete repentino en el fondo de un recipiente, pensé que la muerte nos acerca al ser, y  sentí miedo y luché por aferrarme a las superficies de la conciencia, y sentí como se adelgazaba mi presencia, siendo arrastradas por la succión las partes más ligeras, hasta que no pude aguantar más y me solté para ser llevado.
         Me invadió una sensación de vértigo indescriptible a la vez que no podía experimentar ninguna sensación, algo que no sé explicar. Era arrastrado por esa succión poderosa que también me desarmaba cómo el viento al humo del cigarro. Sentía estar cayendo a través de un vacío que se hacía infinito, y el lugar se aparecía como un domo misterioso o un enorme recipiente que se volvía a la vez muy profundo y cóncavo. También a medida que caía la oscuridad iba aumentando hasta que llegué a una profundidad en que la oscuridad era tal que parecía como si una materia negra y ciega inundara todo, una oscuridad densa que se me quedaba pegada. Y el vacío, el vacío era estremecedor, un vacío duro, cargado además de una energía invisible que se adivinaba latente en todas partes.
         De repente dejé de caer, sin impacto, sin aterrizaje, sin golpe, sólo dejé de caer y me quedé flotando donde me encontraba. Una presencia me invadió por entero, una presencia que sabía incorpórea, pero que adoptaba una forma que me abrazaba casi sofocándome, se enrollaba sobre mí, fría, casi muerta. Era algo desconocido, pero tenía la forma de una gran serpiente negra, sus escamas eran espejos que reflejaban la profunda negrura del lugar, la veía enrollarse y moverse, veía su cara sin ojos, sin oídos, sin nariz, sólo tenía una boca muda, que sólo servía para devorar, pero no veía su cola, parecía no tener fin, sólo aparecía y seguía apareciendo a cada segundo.
         Cuando ya me había enrollado por entero puso su cara en frente mío, muy cerca, pude ver los detalles de sus escamas de espejo, que parecían estar grabadas con palabras indescifrables, pude ver sus dientes afilados, y la lengua que iba y venía instintivamente cortando el aire, tanteando y husmeando. Pude ver los bultos como cicatrices que se encontraban donde debían estar sus ojos. Se movía intuitivamente sin poder ver hacia donde, solo sintiendo con su lengua los sabores de los que se impregna el aire, y cada cierto tiempo parecía nutrirse de la energía que flotaba en el ambiente.
         Mucho tiempo (o puede haber sido solo un segundo, acá el tiempo es una sustancia tan extraña) me pregunté que era aquella criatura, y por qué habitaba en ese lugar, que según yo interpretaba, de alguna manera era un lugar  dentro de mí mismo, quizás detrás de la conciencia, dentro de la mente pero fuera de lo pensado, algo así como una prisión primitiva, un hades material-espiritual y personal, lo más parecido a una caja de pandora, un purgatorio de pensamientos.

         Tenía un miedo desnudo mientras la serpiente me atrapaba, pero un miedo insustancial, que más parecía un presentimiento desconocido que un temor experiencial. La gran serpiente negra abrió su boca muda desencajando lentamente su mandíbula, sin hacer ningún ruido, y sin más me comenzó a devorar en un sólo gran bocado, sin dolor, sin sensación, sólo me iba devorando lentamente mientras me adormecía por algún motivo, hasta que finalmente todo se apagó y me dormí o perdí el conocimiento o algo así. 

Magnolia I

Mi nombre es Tristán, el apegado, el desarraigado, el pintor de espejos, pero mi suicidio me ha abierto los ojos. He elegido nacer en mi nueva forma, trascendentalmente explicativa. He elegido nacer ahora, pero en un nivel más profundo de reflexión, el momento me ha elegido a mí. Porque cuando morí, el proceso duró solo una fracción de segundo, muerte instantánea, dijeron los forenses, suicidio pasional, dijeron los periodistas. “Cuadro esquizofrénico grave con alteración de la percepción, afecto anormal sin relación con la situación, negación de la realidad de forma inconsciente. Recurrente crisis delirante, estado maníaco, cuadro depresivo con contenidos psicóticos y un estado confuso onírico. Posible detonación por un estado depresivo grave, ambiente familiar desfavorable, sensación de abandono. Ausencia de tendencias suicidas conocidas que hicieran posible prever lo acontecido. Aparición del cuadro dentro del rango de edad típico para los hombres, entre los 15 y 25 años”, dijeron los psiquiatras. 

Advertencia

Hasta este punto, “Magnolia” es un libro que empieza y termina. Perfectamente puedes cerrar el libro en esta página y considerar haber leído la historia completa.  Tristán efectivamente se suicidó. Para mayor ahondamiento en los hechos no narrativos posteriores a la muerte de Tristán, puedes continuar leyendo. Aquí empieza la parte II.

martes, 24 de junio de 2014

Magnolia Epílogo

(Carta hallada dentro del libro “Magnolia”, que encontraron manchado con sangre al lado del cuerpo muerto de Tristán) 

Querida Magnolia:

Recuerdo cuando te escribí diciendo que no era un mártir. No he cambiado mi forma de parecer, te escribo esta carta póstuma para que entiendas porqué.
Me he ahogado en un río metafísico. No iba a permitir que tuvieras el placer de salvarme de nuevo. No. Magnolia, no hago este sacrificio por amor. En otra vida te amé, te amé desesperadamente mi mariposa blanca, pero ahora te odio, te odio más de lo que te amé nunca.
Hoy me suicidé Magnolia, y cuando veas esta carta, espero que estés llorando y sufriendo mucho, no por mí, Magnolia, sino por ti. Gané Magnolia, gané esta vez, y te diré porqué. Vendrán más vidas de tormentos, vendrán más momentos para amarte y sobre todo para seguir odiándonos Magnolia, pero yo ya he terminado de sufrir esta vez. Con mi muerte invierto los roles Magnolia, como lo hiciste tú en la vida pasada; en la próxima vida  te toca cargar las cadenas a ti.
Con mi muerte yo simplemente muero Magnolia, es el fin del camino para mi, con mi muerte yo me duermo y me libero temporalmente de ti. Sin embargo a ti, Magnolia, con mi muerte te ato a mi recuerdo atormentador por el resto de esta vida, ahora te quedará cargar con mi muerte en tu conciencia hasta que seas lo suficientemente valiente para morir, y prepararte para enfrentar la próxima vida de castigo que te espera.
No puedes negar que es un plan brillante. Nos vemos en la próxima vida mi querida Magnolia, estoy ansioso de ver si te sacrificaras a perdonar por amor para salvarnos a los dos, o si te vengarás de mí una vez más, ahora la decisión está en tus manos.
Se despide tu eterno odiado y enamorado hasta el fin de los tiempos.

Tristán




Fin.

Magnolia XV

         Eran las siete de la tarde, el tiempo corría tan lento que parecía que recién hubiese sido creado y aún no hubiera aprendido a caminar. Tomé papel y lápiz y me puse a escribir. Te escribí un libro y una carta Magnolia, testimonios de mi determinación, artefactos de mi venganza. Las paredes de mi habitación me apretaban como una viñeta mal dibujada, me sentía como un patético personaje de una novela triste, y estoy seguro que eso es lo que soy.
Llamé a ese libro “Magnolia” ¿De qué otra forma lo hubiese podido llamar? No era un libro largo, no era un libro hermoso, no era un libro interesante. Era un libro triste y malo en el que relaté nuestra historia, la historia de una condena, lo hice para ti, para que pudieras entender el porqué de mi actuar, y doblada después de la última página dejé una carta para ti.
Pasé toda la tarde escribiendo y gran parte de la noche. Ya me había pertrechado durante el día con el último instrumento para mi venganza.

Cuando terminé de escribir todo, me senté en mi cama. Puse el libro al lado mío. Me puse muy inquieto mientras miraba mi reloj, y cuando marcó las 05.17 AM con sus números blanquecinos miré alrededor y apagué el último cigarrillo. Suspiré, puse el revólver contra mi sien, y con calma apreté el gatillo.

Magnolia XIV

No soy un mártir, Magnolia, al menos no en esta vida, es que te odio tanto que no te puedo perdonar, aunque eso signifique librarme de este yugo, no podría aguantar liberarte a ti. Ya he tomado una determinación Magnolia, no me importa morir, pero no lo haré por ti, no lo haré por tu calma.

Magnolia XIII

Ya te estoy olvidando Magnolia, de nuevo, y lo digo en serio. Si me siento a imaginarte, tus bordes se desdibujan en mi mente, y tus ojos ya se ven como manchas coloridas. Ya no tienes el filo del acero. Ayer vi una foto tuya y no te reconocí, hoy me sorprendí en un momento del día no pensando en ti. Lo único que no se ha debilitado es mi odio por ti, hoy lo siento más ardiente que nunca. Me gustaría poder reconocerte de nuevo en la calle para estrangularte, esta amnesia no solo me protege de ti, sino también a ti de mí.
Ya te estoy olvidando, Magnolia, y me he tatuado la mandala que me dio la gitana en mi sueño. Me protege de tu recuerdo, pero no de mi odio. Lo siento, como me quema por dentro, como contamina el fluir de mis pensamientos, un odio anónimo, no dirigido a ti, pues tu recuerdo me es vago, un odio hacia el dios que te puso en mi camino, un odio hacia el destino que te unió conmigo. Magnolia-Negra, negra como el alquitrán. Hay ríos metafísicos que son un gran peligro, y en ellos me estoy ahogando.
Hoy te vi Magnolia, en mis pensamientos de la mañana, desperté temprano, por un segundo pensé en ti y te vi tan clara, tan limpia, me costó creer que fueras tú, Magnolia, Magnolia de mi sufrimiento, Magnolia de mi condena, me mirabas distinto. Tú eras distinta, Magnolia, ni siquiera tus ojos, tu esencia, eran los mismos. Te vi como volabas aleteando suavemente, Magnolia, y de repente te dividiste en dos. Como un flash recordé lo que había olvidado Magnolia, tu dualidad. Te vi volando frente a mí, Magnolia, en tus dos avatares, Magnolia-Mariposa Blanca y Magnolia-Mariposa Negra, y por mi cabeza pasaron en un segundo muchas escenas olvidadas, muchos momentos que eran tan pocos, una eternidad en un segundo. Y los recuerdos de ti son un segundo en una eternidad.
Comprendí, Magnolia, que en dos vidas te he amado, y que en dos vidas te he odiado, Magnolia. Magnolia-Blanca, recuerdo que moriste en mis manos,  recuerdo que moriste por mí. Magnolia-Blanca, te ahogaste en un río metafísico por rescatarme a mí. Perdóname Magnolia-Blanca, perdóname por favor, viví el resto de una vida arrepentido, culpándome por tu muerte, Magnolia-Pureza, Magnolia-Ángel, daría todo por morir en tu lugar, donde estás Magnolia amada, sé que no te puedo encontrar en ningún lugar, has vuelto a este mundo en una nueva forma, yo sigo siendo el mismo pues me toca pagar. Pero esta nueva forma perversa tuya, Magnolia, apenas puedo creer que seas tú, ¿Te has venido a vengar? ¿He de morir por ti en esta nueva vida? Cómo puedo sacrificarme por amor Magnolia, ya no me puedo redimir, pues ya te odio Magnolia-Negra, pues sin embargo eres tú, eres el objeto de mi tormento, ¿Cómo me podría sacrificar por amor? Soy el mismo Tristán desesperado. Me condenó al sufrimiento tu sacrificio por una vida entera y ahora nuevamente sufro porque estás viva. ¿Qué dios sádico nos condeno a este destino? Sé que ni tú lo sabes, Magnolia, que ni lo sospechas. ¿Por qué debí recordarte en aquel sueño? No lo sé, Magnolia, nunca he podido ver la indeleble cadena que nos ata, debe ser que nuestro destino está escrito en las estrellas pero no lo he podido leer, ¿Cómo podemos escapar de este ciclo de sacrificios y castigos? ¿En qué avatar aún anterior a los que conozco habremos pecado tanto para merecer esta cadena que trasciende la eternidad? ¿Cuándo terminaremos de redimirnos?
Creo que seguimos amarrados a este destino porque siempre terminamos odiándonos, creo que un sacrificio de amor infinito nos liberaría, ¿Pero cómo podría ya morir por ti, mariposa negra? Sé que debiera perdonarte para merecer mi propio perdón, pero te odio tanto en esta nueva vida. Soy un egoísta, lo sé. Probablemente volveremos a morir, y volveremos a vivir para seguir odiándonos, porque sé que tampoco lo harás por mí.

Así como tú eres una dualidad mariposa blanca-negra, nosotros somos también una dualidad, un Sísifo Magnolia-Tristán. Cargamos con nuestro odio hasta llegar al final, solo para volver a empezar. ¿Cuál es mi dualidad, Magnolia? Ojalá fueras un espejo para poder ver en ti mi realidad, ¿Qué te habrá dicho de mí tu gitana? ¿Habrás despertado de sueños extraños gritando ¡Tristán, Tristán!?

Magnolia XII

Me quedé congelado con lo que dije, luego me reí nervioso. ¿Cómo lo sabe? Me pregunté, estaba sorprendido, anonadado, la gitana dijo un par de cosas más pero no le pude poner atención, estaba inquieto, me quería ir de allí, con cualquier excusa me paré y me despedí rápidamente para irme, la gitana no hizo nada, y cuando ya había dado un par de pasos me dijo casi gritando:
 – ¡La mandala, úsala! –
La miré muy turbado, estaba despidiéndose con la mano, me volteé inmediatamente y caminé más rápido. Comencé a repetir en mi mente lo que dijo la gitana, el laurel fue la obsesión de Apolo, y la tuya… Magnolia. Y la tuya Magnolia. La tuya Magnolia. Tuya Magnolia. Magnolia. Magnolia. ¡Magnolia! ¡Magnolia! ¡MAGNOLIA! ¡MAGNOLIAAAA!
Y desperté de golpe una vez más, con el corazón latiendo a mil por hora, gritando ¡Magnolia! ¡Magnolia!

Como un deja vú, recordé una noche olvidada en que desperté de la misma manera, hace mucho tiempo, mucho antes de haberte conocido y de haberte olvidado, un recuerdo que había borrado de mi mente por ser insignificante, y que ahora se volvía arrolladoramente importante, abrumadoramente significante.

Magnolia XI

Qué bien Magnolia, ayer pasaste a mi lado sin siquiera verme, el primer día de ser unos perfectos desconocidos, la atmósfera se siente más liviana y el mundo me parece distinto. Ayer salí a caminar, hace tiempo que no tenía ojos para mí. Me relajé, me regalé una cajetilla de cigarros, leí, disfruté de la sombra, del sol, de la compañía de mis amigos, vi a las tontas personas pasar viviendo sus tontas vidas, fui feliz. Me reí mucho, me burlé de una mujer muy fea. Te vi de nuevo, pasaste caminando allá lejos Magnolia, esta vez se que tu vista paso por sobre mí, pero no me viste, más bien no me reconociste, más bien ya no me conoces, me miraste como si nada, y efectivamente nada. Eres tan desagradable, estoy pensando en matarte para evitarme el inconveniente de tener que toparme contigo en la calle, solo por comodidad.
Anoche salí con mis amigos, nada interesante, solo salí. Pasé por fuera de tu casa, tu presencia se siente hasta el jardín, tu aleteo incesante y confundido. Así de fácil puedes echarme a perder el día. Pasé rezando para que no te asomaras por la ventana, mientras suplicaba que te asomaras por la ventana. Te odio Magnolia, ¿te lo he dicho ya? Y te odio más aún porque sé que tú no me odias a mí, porque sé que tampoco me amas, Magnolia, sé que ni siquiera te costará olvidarme porque siempre estás olvidándome, me sorprende tu capacidad de olvidarte de todo tan fácil.
No pude tener una buena noche, todos hablando de cualquier cosa estúpida, y yo solo concentrado en olvidarte, finalmente me devolví rápido a mi casa, y me acosté a dormir.
Una gitana me paró a la salida del metro Universidad Católica y me habló. Me dijo que yo soy gitano igual que ella, la verdad, no lo sé, quizás es cierto. Me dijo que veía en mí una pena muy grande, debe decirle eso a todos, ¿Quién no tiene alguna pena? Luego se sentó, y me indicó que me sentara junto a ella, lo hice. Tomo un pelo (mío) de mi camisa, y con unas hojas de laurel me hizo un talismán y me lo regaló, se lo recibí. Tenía un coche al lado de ella, dentro de él había una niña preciosa, no tenía más de dos años, y tenía unos ojos casi amarillos muy bellos, la cara muy sucia, y el pelo muy crespo, me miraba y hacía muecas. La gitana me dijo que estaba enfermo de tristeza, que me iba a dar una cura de amor, me pidió un papel, le di una hoja de cuaderno, y me pidió un lápiz, también se lo pasé, y me trazó una mandala, úsalo para tu protección, me dijo, yo no entendía nada, la miré con cara de tonto, lo captó en seguida:
 – Ella –, me dijo la gitana, – ella no es una persona normal. No me mal interpretes, es un ser humano, sin duda, pero su alma viene de muy cerca de la frontera de donde viven los demonios. Es, como se podría decir, una musa, una ninfa, una sirena, un genio, una bruja, han sido llamadas de tantas maneras a lo largo del tiempo. Ella es un ánima de la naturaleza, un espíritu del bosque, un ánima de las plantas; inspiración de los poetas, perdición de los inocentes–. Yo la escuchaba con la curiosidad del que conversa con un esquizofrénico, pero ella me hablaba muy en serio. –La tienes marcada en tu frente– me dijo–, no la puedes ocultar.
– ¿Cómo? –Le dije– ¿Qué tengo en la frente? –.
– Tú lo sabes, ya lo intuiste –me dijo– Una flor –esperó un segundo y continuó– El laurel fue la obsesión de Apolo, y la tuya…

– Magnolia– respondí maquinalmente sin querer, sin si quiera pensar en ello un segundo, y me quedé helado. 

lunes, 23 de junio de 2014

Cuando el destino se empeña, no hay caso, ¡oh certeza, hasta la exactísima punta de la nariz!
Ahora, Magnolia, ahora, y el infinito se decanta tan espeso que el aquí fugaz, y el espejismo del ahora se ahogan en la oscuridad de la noche del tiempo. La certeza llega hasta la punta de la nariz.

domingo, 22 de junio de 2014

Magnolia X

Te odio, Magnolia-Negra, Magnolia-Retrato, Magnolia-Nocturna, odio tus ojos vacíos, odio tu piel pálida, odio la forma en que me quemas cuando me tocas, la forma en que me estrujas cuando me abrazas, odio la forma en que tu mirada emponzoña mi calma. Te conozco Magnolia, y ahora extraño la amnesia, la embriaguez de desconocerte, anhelo volver a tener la capacidad de poder ver al mundo sin que me ciegue tu resplandor opaco. Ahora es todo tan claro, Magnolia desquiciada, es tan fácil entender como pude olvidarte una vez. Ahora recuerdo todo, no olvide las maneras de olvidar, solo estaban dormidas en mi corazón; porque recuerdo que contigo descubrí que el corazón no es el órgano del amor, no darling, cuando fuiste Magnolia-Blanca, Magnolia-Mariposa, aprendí que el amor se vive en el estómago, y el odio en el corazón. Por eso pude odiarte amándote, Magnolia, y olvidarte gracias a una pulsión de vida, gracias a un instinto primario de preservación. El velo del olvido me cubrió, evitando seguir envenenándome de tu miel de adicción.

Ya nos perdimos en otras vidas Magnolia-Negra, y nada me impide volver a olvidarte esta vez. Tú lo sabes Magnolia, apostaste sobresegura, y ahora me toca a mí por fin estrangular tu recuerdo inquietante, porque perdiste, esta vez por fin perdiste, porque te confundí, querida, y te mostraste real, mostraste tu esencia marchita, incapaz de amar. Dime, Magnolia-Negra ¿Quién permite que vivan almas así en ojos como esos?

Magnolia IX

Esa fue la primera vez que la vi, resplandeciendo desde el otro lado del lugar, ahí estaba ella, podría describir la escena de memoria, porque me quedó grabada a fuego en los ojos, ahí estaba ella, conversando, riendo, me paralizó. Me miró un segundo, y desde sus ojos explotó como una aurora un rayo, una luz de distancias que rompió la tempestad como un faro imponente y me desbancó, su resplandor me transfiguró como las manos del alfarero, me convertí en un crisol y la aguja de su pupila transformada en filo centelleante me apuntó, atravesó mi chaqueta, polerón, polera, piel, carne, músculo y huesos y se clavó en mi corazón dejando una herida sangrante que me inundó, un torrente desbordante, y me marcó con hierro, un disparo a quemarropa en mi memoria, indeleble como la ruta de las estrellas, un olor a pólvora quemada que se impregnó en mi habitación, que luego recordaría como a la frustración, que me ahogaría como las copas de lágrimas que se rompieron en su honor, sobre el telón de pétalos marchitos que se desplegaban al recuerdo de su voz y como la noche agobiante sin estrellas que se cernía sobre mí al cerrar los ojos, al hurgar en lo profundo de mi imaginación, donde solo encontraba la acuarela de sus ojos velándome como fúnebre crespón.

Pocas veces la vi, es cierto, pero me dejó una resaca de desilusión, y caí desde una nube en picada como el altazor, tuve que prohibir su voz, su abrazo cálido, el candor de su rubor, el ardor de su recuerdo, la infinidad de mi dolor, la canción de su ausencia, la cicuta de su despreocupación.

Magnolia VIII

Echaba de menos tu ausencia, Magnolia, tu melancolía en mis paseos nocturnos, casi olvidaba como era extrañarte, ese submarino hirviendo en mi pecho, amargo vacío extenuante, náusea cortazareana, tensión insomne. Cuando casi me rendía, casi entendía que no podía ser así. Cuando mi último tiro parece haber fallado a pesar de haberte acertado, y no se puede sino perder. Nos vemos de nuevo cuando esté a punto de desfallecer esa pena, se que volverás a robarme la calma cuando la haya encontrado. Moriremos como vivimos.
Esa flama incandescente que en vez de hacerme un ser ígneo me transforma en pura ceniza, brasa apenas crepitante, y me deslumbra más la silenciosa punta de mi cigarro que el resplandor marchito de mis ojos. Me consume parcamente como una implosión lo que debería ser pirotecnia sorprendente. Es que la melancolía de ti siempre ha sido más una gota de sudor frío que me arrolla la espalda. Un recuerdo inmediato, que empezó a ser olvido a penas dejó de ser momento ¿De qué me sirve tener la palabra precisa, la valentía perfecta? Ojalá pase algo que te borre de pronto.

Y las calles se vuelven interminables o las piernas muy cortas, y el segundo muy largo y la pena muy ancha. Y la impaciencia muy honda. Y la desesperanza siempre ha sido mi enfermedad innata, tal vez nací bajo una constelación triste.

Magnolia VII

Me pongo los calzoncillos para ir a verte, voy al baño para botar un escupo, miro el reloj, y tomo las llaves, de una forma extraña y distinta, soy una mala caricatura de la rayuela, saltando en un pie el camino cuadriculado, la espera se dilata, el brillo en la pantalla baja, me siento en la cama, el cigarro me acelera las pulsaciones, lo estoy comenzando a odiar. Espero. Lo he hecho todo el día y sin embargo es tan difícil como cuando se espera recién levantado. Como una galleta, la ansiedad es un saco roto, es el agua que da sed. Un pie, un pie, dos pies, un pie, un pie, dos pies, un pie, un pie, un pie, dos pies, un pie, me agacho y recojo el tejo, lo lanzo de nuevo, cae fuera, volver a la tierra, el camino es corto e inocente sin embargo siempre fallo. Un pie, un pie, dos pies, un pie, un pie, recojo el tejo y lo vuelvo a lanzar afuera, a la tierra de nuevo, ahora lo comprendí, dejo caer el tejo al lado del inicio, el cielo y la tierra son lo mismo, el camino es vano, me quedo parado inmóvil, con cara de imbécil mirándome los pies. Me quedé un segundo absorto con una semi-sonrisa idiota y miré al frente, mi silueta parada acá y también allá, dándome la espalda en el final del camino, apretando el tejo en una mano. ¿Vienes para acá o prefieres que yo vaya para allá?, Hace frío igual para estar en la calle. Mi silueta de pie allá en frente torció un poco el cuello  me miró de reojo, con una sonrisa entre calmada y diabolesca, y  me hizo un gesto con la mano como diciendo ¡Estúpido, mira para adelante! Pestañeé, tenía en frente mio la ventana. -¡Nooo, todavía no!- silencio -Espérame un rato-. Me reí nervioso. Volví frente a la ventana, empujé el vidrio, que me respondió con su inmundo sonido de gastado. -Nunca has sido bueno con la puntuación-. -Lo sé, es que nunca he encontrado la forma de explicarles que desde la coma al punto hay un continuo graduado, no existen los estancos aislados, el lenguaje está vivo, los idiotas leen: Te amo Magnolia coma quiero verte alguna vez punto ¿punto seguido o final? –Aparte-. Así parece, en fin, depende de ti. La ventana estaba abierta y yo asomado en ella, afuera una calle, casas, luces, autos, pavimento, una luz azulada que se dibuja sin profundidad, un cuadrado, un cuadrado, dos cuadrados, un cuadrado, un cuadrado, un cuadrado, dos cuadrados, un cuadrado, etcétera, etcétera, facts for whatever, fifteen steps, then a sheer drop, allá casi en el horizonte un semicírculo de luz azulada, el cielo. No tengo tejo en la mano. El reloj siguió corriendo, no hay parpadeo blanco ni rojo, no hay nuevos mensajes. Me desespero en la agonía y el vacío se ve tan dulce, casi en el horizonte el cielo dibujado en luz azulada me llama como una sirena, no tengo tejo para taponearme los oídos, no tengo tus cabellos para atarme al mástil. Ya me imagino la respuesta, la de todos los días. Aún no me convenzo de escribir el final, pero a mi pesar ya sé cómo termina. Sigo congelado frente a la ventana, y el punto negro apagado, impasible, imposible, cruel. Y el cielo dibujado en luz azulada sigue cantando, me apoyo contra la ventana, el canto plástico me hiere el vientre, un tornillo mal apretado se engancha en mi polera, la tensión superficial se vuelve intolerable, tirito como una luna en el agua ¡No! esa es una metáfora que no me merezco, ni por lejos, ¡para los violentos consigo mismos corresponde nada menos que el séptimo infierno!¡Incluso más allá del Flegetonte! ¡Vaya! Me inclino sobre el borde, la presión hace que el tornillo me desgarre la polera, incluso se incrusta en mi barriga, el suelo tiene un magnetismo inusitado, el tornillo se entierra cálido y terrible, la sangre brota inmediata, se empantana en mi vello corporal. Un viento frío me empuja hacia atrás, vuelvo a mis pies. Caigo de espaldas, me golpeo la cabeza en el borde del velador, y la luz azulada de desdibuja estrepitosamente, un cuadrado, un cuadrado, etcétera, y me quedo tendido en el suelo, con el corazón casi saliéndoseme del pecho, los ojos muy abiertos, el estómago apretado, la sangre embarrando la alfombra y los cables, y me desvanecí.

Magnolia VI

Así, desespérame con tu aliento, córtame, así, con tus manos y tus uñas, como cuando yo te muerdo o te inquieto con cosquillas, hiérveme. Se cruel, Magnolia, imperdonable, arráncame la piel de los huesos, quiero lo peor de ti, muéstrame tu cara real, dámelo así, escúpeme tu odio, el reflejo del mío. Quiero sentir como tus espinas se clavan en mi piel, baila sobre mí, despiértame de este letargo, devora lo lindo, conserva el pellejo, ahógame en tu pelo y déjame sentir tus entrañas. Muérdeme para que brote tu esencia, estrújame para que aflore la mía. Encandílame, demuéstrame porque te odio, quémate en la llama del odio mío, explícame porque no te estoy escribiendo una canción de amor. Déjame tocar el núcleo donde guardas todos los miedos y en castigo sacrifícame.

Magnolia V

Y que me importa si me muero, Magnolia, al tocar tu mano, y que me importa, si te perdí el día que nací, si te perdí antes de que existieras, valor absoluto: cero. Nunca te tuve, nunca te perdí. Eso fue nuestro primer amor, Magnolia, sombras chinescas, un teatro vacío, un ensayo sin obra. Una serie de colisiones, puro azar. Nos encontramos como dos partículas cuyas órbitas se interceptan, pero la particularidad de sus ondas nos hizo esquivarnos, cresta y valle en un mismo lugar, un nodo imposible. Y que me importa toda la fatalidad, Magnolia, si volverás un día a venir corriendo, besarme, e irte de nuevo, como lo has hecho siempre, ¿Qué designio me podría hacer creer que no será así en el futuro? Nacimos desincronizados, Magnolia, nuestros corazones son corazones arrítmicos.

sábado, 21 de junio de 2014

Magnolia,nunca me olvidaré cuando te transformaste en una mariposa blanca y te fuiste volando en zigzag entre medio de unos arbustos, ¡Qué adorable! te encantaba creer, te encantaba pensar que era tu abuela que nos protegía. Discúlpame Magnolia, yo quiero ser un perdonatario de tu rabia, no tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso. Perdóname, perdóname tú por todo el universo, perdóname tú para que me pueda perdonar dios, para que me pueda perdonar yo mismo. Yo que te sacrifiqué, como puedo intentar explicarte que moriría por todo lo que he matado, Magnolia, inmólame por piedad. Magnolia-Blanca, Magnolia-Mariposa. Magnolia-Maga.

jueves, 19 de junio de 2014

Miras a mis ojos que se miran en los tuyos, con una mirada ardiente que trata de derretirme para fundirme en ti, extrañas la unidad primitiva ¿Y de verdad crees que yo puedo saciar lo que tiene hambrienta a tu alma?

domingo, 15 de junio de 2014

Antilope de sueños, moviendote entre dimensiones.
Ahí estás tú, y estoy yo mirándome en ti.
Devienes intergaláctica y transatlántica.
Denotación precisa ambivalente.
Ventana empañada de nubes, luna difusa.
Frío de los huesos, calambre enervante.
Relámpago negro, centinela.

Espectro de los caminos.
Veo el miedo en un puñado de polvo.
Pupila muerta.
Pupila resplandeciente.
Pupila explosiva.
Pupila colorida.
Pupila silenciosa.
Pupila misteriosa.
Pupila viva.
Pupila de arco iris.
Pupila no.
Pupila de visitas.
Pupila en la penumbra.
Pupila siempre.
Pupila encarnada.
Pupila si.
Pupila pura.
Pupila opaca.
Pupila de recuerdo.
Pupila nunca.
Pupila transparente.
Pupila acechante.
Pupila peligrosa.
Pupila mortal.
Pupila muerta.

domingo, 8 de junio de 2014

El parto de una conciencia

jueves, 5 de junio de 2014

Estoy luchando por mi vida.

miércoles, 4 de junio de 2014

camina a la cadencia de la música, conozco palabras que pueden hacerte callar más de una vez si es que no te encuentras en la esquina del desierto, el camino que sigue por la avenida intensa del pensamiento, cada vez que el río trae los vientos que van a la costa, a la playa, a contarle a las gaviotas que en la ciudad pasa eso, conozco las palabras para invocar el espectro de lo que fuiste cuando veías en los ojos de las persona sin significado nada más que el polvo de la vereda. Cuando despertaste en tu conciencia como el avanzar lento fulminante de la lava desde el volcán del mundo.
Hermosas flores de piedra en la boca del paraiso,
en la rota, en la boca, en la roca,
flores de piedra, de caricias de piedra,
y en la roca sangra rota la boca
y en la roja y en la boca
las caricias de piedra rotas
y en la boca sangra roja la piedra del paraíso.

Y en la boca sangra roja la piedra del paraíso,